La creencia “más para mí es sinónimo de menos para los otros” (y viceversa), es el cimiento conceptual de todos los juegos “suma 0”, independiente de la forma que adopten, o del contenido de lo que esté en juego.

El objetivo de los que participan es “ganar a toda costa” y sostienen un enfoque competitivo (ganar – perder), donde un individuo o el grupo intenta conseguir sus objetivos a expensas de quien considera su adversario o enemigo.

Los participantes asumen la existencia de una “torta” relativamente fija.
Quizás existan múltiples elementos determinantes de la frecuencia de aparición de esta idea en las negociaciones a todo nivel, pero tres factores seguramente están presentes en su origen:

I) La idea de “yo” y “el otro”

No tendría sentido, y por tanto no existiría un juego “suma 0”, en un grupo o una comunidad humana donde sus integrantes reconocieran la interrelación de todas las cosas, en especial lo absurdo de la separación de una persona o de un grupo, del resto de los humanos y del mundo.

La idea de yo y los otros (no yo), está profundamente enraizada en nuestro ser, es la primera separación en aparecer, la más querida, la más defendida y, para unos pocos afortunados que logran disiparla en el transcurso de su vida, es frecuentemente la última en perderse.

Yo, un insignificante ser, enfrentado al universo, es una atemorizante visión que nos pone a la defensiva y nos torna agresivos, ya que defensa y ataque como opuestos, no son, “interson.” El precio de esta identificación con lo que queda dentro de los confines de nuestra piel, es sentirnos permanentemente inseguros y vivir bajo amenaza, de otros, de todo, en especial de la muerte.

Todas las otras separaciones o fronteras, están basadas en esta ilusión que nos esforzamos durante toda la existencia en defender y remarcar, a pesar de que hacerlo, sólo nos acarrea sufrimiento. Crear y luego creer en las divisiones que inventamos a punto de partida de esta primera, se llamen partidos políticos, naciones, hinchadas, grupos religiosos o lo que sea, hace surgir el conflicto entre las partes que la línea divisoria artificialmente separa, (nosotros / los otros, enemigos, rivales).

No importa el nivel al que nos refiramos, sea éste individual, familiar, comunitario, organizacional o internacional, comparación, celos y envidia, es lo que nos mueve a la competencia.
Desde esta óptica de divisiones, es casi imposible no ver el mundo como campo de batalla, donde, para que unos ganen, los otros tienen que perder.

II) Un vacío infinito y eterno

Existe un vacío infinito entre lo que es, la forma que la vida está tomando en este momento, lo que sucede, lo real, y lo que cada uno de los humanos montados en nuestros personajes, creemos que debería ser o suceder o nos gustaría que fuera o sucediese.

Por un lado, cada uno de los comunes mortales tenemos en nuestra cabeza una idea armada desde la más tierna infancia, un programa, acerca de cómo las cosas deberían ser. Nuestros padres, tutores, maestros y conciudadanos integrantes de nuestra cultura y sociedad, se encargaron de grabarlo o ayudaron a hacerlo.

Como se imaginarán, diferentes familias en diferentes regiones del planeta, en diferentes países, pertenecientes a diferentes culturas y subculturas, graban diferentes historietas.
Por otro lado, en la misma etapa de vida desarrollamos un claro sentido de qué cosas nos gustan y cuáles no, cuáles nos provocan deseo y apego y cuáles aversión o rechazo, con infinitas variaciones en los contenidos en función de los diversos orígenes.

Por estas razones, difícilmente Dios (o el Universo), podría complacer a todos en todo momento, por lo que tarde o temprano y en general, más temprano que tarde (y con más frecuencia que lo que desearíamos), las cosas no son como nos gustaría que fuesen o como creemos que deberían ser.

Esta insatisfacción garantizada, va desde asuntos aparentemente importantes tales como si el gobierno puso un impuesto que no nos conviene o si nos dejó nuestra pareja, hasta trivialidades tales como si no encontramos rápidamente estacionamiento para nuestro vehículo en el supermercado. Nuestra vida está llena de pequeñas y grandes frustraciones porque poco y nada de lo que sucede, coincide con nuestros deseos o nuestros planes.

Tratando que las cosas sean como nos gustaría que fuesen o como creemos que deberían ser, la emprendemos contra otros, contra el mundo, la naturaleza o el universo. “Estamos motivados”.

Queremos que desaparezca aquello que “es”, pero que nos provoca displacer y que suceda aquello que “no es”, pero que si fuese, nos provocaría dicha.

Lo que sucede, la vida, la única vida real que transcurre precisamente en este momento presente, se transforma entonces en el mejor de los casos, en un medio para un fin y en el peor, en un obstáculo contra el que tenemos que luchar.

Lo más desconsolador es que el mecanismo es macabro.

Si después de un esfuerzo que algunas veces puede durar años, conseguimos lo que queríamos, por ejemplo, un título o una casa, un puesto o un hijo, el programa vuelve a funcionar, haciendo que aquello no sea “exactamente” lo que deseamos o como queremos que las cosas sucedan.

Tal vez sería conveniente obtener un título de postgrado, comprar una casa más grande, tener un puesto mejor remunerado o en una mejor compañía, u otro hijo, quizás del género diferente del anterior, y así sucesivamente.

Así logramos estar eternamente “motivados”, eternamente desconformes, eternamente sufrientes.

Como los llamados “espíritus hambrientos” del budismo tibetano de enorme cabeza y boca, e inmenso estómago, pero dotados de una garganta del calibre de un cabello, padecemos un hambre crónica.

Nuestro deseo no conoce límites.

Nada es suficiente para calmar nuestra ambición, para hacernos sentir seguros, para darnos la paz.

III) La idea de la escasez

Esta idea, es casi un corolario de las anteriores.

Separados, en competencia con el resto del mundo y con un mecanismo de disconformidad perenne, insondable e infinito con lo que somos o tenemos, nuestra intuición nos dice que nada en este planeta, ni en toda la galaxia, puede alcanzarnos.

No es realmente necesario asumir que la torta es relativamente fija. Lo que sea, escasea, para la mentalidad de un avaro sin límites.

Ni todo el oro del mundo es capaz de calmar la sed de una ambición sin medida, provocada por una mente para la cual nada es suficiente.

Si este perverso mecanismo se generaliza, todo se transforma en recurso escaso por el que hay que luchar, no importa si se trata de algo realmente finito y escaso o de algo superabundante. Es una forma de ver el mundo.

Por otro lado, si la escasez no existe, la inventamos, lo que ayuda a reafirmar nuestras creencias y para ello sirven igual, cosas necesarias, como banalidades innecesarias y artificiales. Guardar miles o millones de diamantes en cajas fuertes en Suiza y matar de hambre a quienes los extraen en África, es una forma inhumana e inmoral de mantener la escasez artificial de algo vano e innecesario, pero en todo caso, cualquier ejemplo sirve para reafirmar la creencia.

“Una vez llegó al pueblo un señor muy bien vestido, se instaló en el único hotel que había, y puso un aviso en la única página del periódico local, que estaba dispuesto a comprar todos los monos que le trajeran a $ 10 cada uno. Los campesinos, que sabían que el bosque estaba lleno de monos, salieron corriendo a cazarlos. El hombre compró los cientos de monos que le trajeron a $ 10 cada uno, como había prometido en el aviso y sin chistar. Como quedaban muy pocos monos en el bosque y era difícil cazarlos, los campesinos perdieron interés; entonces el hombre ofreció $ 20 por cada mono. Los campesinos corrieron otra vez al bosque.Como era de esperar, los monos mermaron aun más y el hombre elevó la oferta a $ 25. Los campesinos volvieron al bosque, cazando los pocos monos que quedaban, hasta que ya era casi imposible encontrar uno. Llegado a este punto, el hombre ofreció $ 50 por cada mono, pero, como tenía negocios que atender en la ciudad, les dijo que los compraría a su regreso. Su cómplice, que tenía en una jaula todos los monos comprados hasta ahora, se dirigió a los campesinos diciéndoles: yo les ofrezco venderles monos a $ 35 cada uno. Los campesinos juntaron rápidamente todos sus ahorros y compraron centenares de monos que había en la gran jaula y esperaron el regreso del comprador. Desde ese día, no volvieron a ver ni a éste, ni a su cómplice. Lo único que vieron fue la jaula llena de monos que compraron a $ 35 cada uno, con sus ahorros de toda la vida”.

Por suerte, las cosas necesarias y naturales difícilmente escasean de verdad, aunque el ingenio humano puede lograr que ello suceda o, como en la historia de los monos, hacer parecer que es así.

Baste ver los periódicos actuales referirse a la crisis mundial de alimentos, o pensar en la hambruna que hoy están sufriendo realmente millones de personas en el mundo, para corroborarlo.

En suma:
• Si nunca estoy satisfecho con lo que sucede y lo que tengo, y siempre quiero algo más o algo diferente;
• Si pienso por esta razón, que todo lo que existe, si no es escaso, va a escasear;
• Si vivo en un mundo amenazante y competitivo donde lo importante es que me salve yo y los míos, y “a los demás que los parta un rayo”;
• Y si además supongo que los otros piensan y sienten igual que yo: entonces, es lógico jugar “suma 0”.

Epílogo

La solución de los juegos “suma 0”, está como tantas otras veces, fuera del juego, 180o opuesta de las soluciones intentadas dentro del mismo, que analizadas cuidadosamente, son siempre la verdadera causa del problema.

A manera de resumen del camino por el que creo debemos transitar para salir de esta “carrera de la rata” en la que nos hemos metido, transcribo algunos pensamientos que meditados en profundidad, hablan más y mejor que miles de mis palabras.

• “Todo es Uno”. Texto anónimo
• “Lo que no es bueno para la colmena, no es bueno para la abeja”. Marco Aurelio
• “Si quieres hacer rico a Pitocles, no aumentes sus riquezas, limita sus deseos”. Epicuro